Concurso Relatos Eroticos
Hola:
Se abre el nuevo concurso de relatos eróticos.
El premio será un tanga o braguita a elegir entre mis prendas disponibles.
Y un CD con mi video para que veas como las mojo para ti.
Temática libre.
Tan solo una condición, y es que yo seré la protagonista.
Ya sabéis como soy físicamente, así que en el relato me podéis describir y hacer conmigo lo que queráis.
Aprovechar para someterme a vuestras más oscuras fantasías.
Enviar vuestros relatos a:
Se publicaran en la sección “CONCURSO RELATOS”
Y se podrán postear, puntuando de 1 a 10.
Besitos
Concurso Relatos Eroticos “De Bruce”
Allí estaba yo, como cada viernes por la tarde, a la misma hora en la misma mesa, todas ellas elegantes, radiantes pese a ser viernes. Contándose sus cosas poniéndose al día de cada cosa que las había pasado durante la semana. Dios es toda una gozada espiarlas tan elegantes como van. Pero sobretodo ella, toda una diosa, como se movía cuando entraba por la puerta, su forma de andar, de sonreír de hablar, el tono de voz ummm… cuantas veces mi imaginación se disparaba por ella en cuanto se hacían las 7 de la tarde del viernes.
No era amor o ninguna paridas de esas juveniles, era simple admiración por tamaña escultura en movimiento.
Pero este viernes quién me iba a decir a mi que cambiaría la cosa, mi imaginación me había dado muchísimas ideas para intentar quedarme charlando con ella pero la realidad siempre supera la ficción y este es un gran ejemplo.
Una vez servida la mesa y yo ingeniármelas para estar limpiando siempre cerca de ellas empiezo a escuchar que tienen una conversación de lo mas animada, con respecto a “las barbaridades que se encuentran por Internet y lo salidos que están los tíos”.
Lo más curioso era ver como ella escuchaba la mar de interesada sin apenas mediar palabra, con sonrisas cómplices a las curiosidades de la conversación, pero llego ese mágico momento en que dijo, que ella se había conectado en un chat y que al margen de todas las barbaridades que se les suelen decir a las tías, le llamo la atención que le habían llegado a preguntar si sería capaz de vender sus bragas, el fulano en cuestión le había ofrecido dinero por mandarle las bragas que llevaba puestas en ese momento. Todas empezaron a reír, pero en ese preciso instante, en esa precisa décima de segundo ella se me quedo mirando por, dicen que un instante puede ser una vida entera, pues ese instante y esa mirada me dijo que ella había accedido a esa perversión, y no solo eso, con esa mirada ella quería que yo lo supiese.
Era mi mejor clienta y ella lo sabía, yo le hacia los debidos cumplidos como a todas, pero siempre quedaban esos comentarios más privados con unas risas por medio, pero esa mirada era distinta. Ella quería que yo supiese que ella si lo hizo, que si acepto el dinero y que vendió sus bragas, su intimidad, su aroma, ella….
Tras unas risas por fin terminaron y una a una fueron viniendo a pagar, llamadlo suerte o llamadlo con toda la intención del mundo ella vino la última, que detallazo.
-Hola de nuevo, que tal todo a su gusto? –Pregunte yo.
-Ya te he dicho muchas veces que me tutees por favor, me haces sentir mayor tonto.- Me respondió Karla.
-Lo siento es la costumbre ya sabes. Todo en orden pues? Anda que menudas risas os habéis pegado hoy ehhh. Vamos que no había nadie, y erais las reinas del local.
-Tanto se nos escuchaba? Y tu que?, tenias la orejita puesta eh picarón. Te ha resultado interesante nuestra conversación?
Estaba claro una de dos o entrar a matar o a comerse los mocos de nuevo.
-Pues si la verdad es que habéis tenido conversaciones muy interesantes jejeje. Desde luego se puede encontrar Y/O PEDIR cada cosa por Internet, no te parece?
-Anda mira que pillín así que me has escuchado verdad? Y que te parece tu pagarías por la ropa interior de una chica?.
-A ver por la de una cualquiera no se, pero claro si nos ponemos en que era tuya. La cosa cambia.- En plan broma pero ya se la había soltado, faltaba ver su reacción.
-Vaya con Fran, y lo fino que se ha vuelto. Y porque las mías son tan especiales a ver cuéntame eso.
-Es bien sencillo no es lo mismo comprarlo de Internet de alguien que no conoces, o de una de tus mejores clientas, que encima es una mujer elegante, fina, a la legua se ve que culta y que se preocupa por su aspecto. No es lo mismo la alta joyería que la barata bisutería. No te parece?. De todos modos, ves a saber lo que estas pensando con lo que te acabo de decir, no me considero un salido de los de Internet que habéis comentado.- Como dirían los cocineros, todo bien aderezado de una sonrisa de lo más picarona.
Su cara era todo un poema, entre sorpresa y entre la “picardía de saberse deseada”. Esta claro que si quieres una cosa, o la consigues por ti mismo o ….
Hubo un momento de silencio, ella estaba pensando o maquinando…. Me preguntaba yo. Ves a saber lo que si ella al principio pareció sorprendida por mi respuesta, me tocaba la replica.
-Vaya con Fran, de nuevo otra sorpresa, no sabía que era una de tus mejores clientas. Y con ese vocabulario a la hora de describirme. Muy interesante. Pues sabes te voy a sorprender yo a ti.
Sabéis esos iconos con la boca totalmente abierta, así estaba yo por dentro, a la expectativa de lo que aquel monumento de mujer me iba a decir.
-A que hora cierras hoy?.- Me pregunto.
-Vosotras sois siempre las últimas, dejar esto limpio con la persiana bajada y para casa.
-Ósea que mi pobre Fran esta deseando que me vaya para poder cerrar, no?
-En absoluto, me parece que llegados a estas alturas te lo digo como lo pienso solo espero que no te molestes pero… Estoy encantado de que seas tu la que se quede conmigo haciéndome compañía, lastima que no sea nada más. –Eso es, ya estaba dicho.
-Nada más? Que estas pensando picaron? –Dijo ella sabiéndose bien poderosa.
Pero a este juego yo también se jugar, y la picardía es algo que he aprendido como funciona.
-No lo se, tu eres la que me quiere sorprender y la que me pregunta si cierro ya o no? A ver si mi mejor clienta me va a violar aquí dentro del local del que ni siquiera soy dueño.
Su risa no se hizo esperar, a carcajada limpia.
-Ósea que tienes miedo de que te viole? No hombre, cuando es algo consentido no se le llama violación no? O va a ser que ahora mi querido y mi mejor camarero, se nos ha vuelto timidito y no esta pensando en cerrar esa puerta y entrar conmigo al cuarto de baño de las chicas…..-Ni que decir tiene que la mirada con la que acompaño esas palabras lo decía ya prácticamente todo, no os parece?
Me faltaron segundos para salir a cerrar la verja del todo, intente no parecer muy desesperado y más cuando pase por su lado y me pellizco en el culo. Vamos que ella tenía la iniciativa, al menos por el momento.
Cuando me di la vuelta, ella ya no estaba en la barra, a lo que me dirigí al cuarto de baño de las chicas, donde ella me esperaba apoyada en el mármol de la pila.
-De acuerdo mi querido Fran, ya que para ti son una joya disfruta de esto.
Creí que nunca diría esto, pero por fin averigüe el significado de que un segundo es una vida.
Se bajó despacio y eróticamente la cremallera de la falda que llevaba, dejo ver unas medias negras que enfundaban unas deliciosas piernas. Pinzadas por un delicioso liguero a conjunto con su ropa interior de color negro con detalles de filigrana.
Queridos amig@s aquella imagen de esas piernas, esas medias, ese liguero y ese conjunto era la que daba sentido y forma a la palabra belleza.
Mirándome me dijo:
-Por tu mirada atenta, y por ese bulto se adivina en tu pantalón, mi querido Fran, me parece que lo que ves no te desagrada, no?
-Karla te he imaginado muchas veces, pero la realidad siempre supera a la ficción. Desde luego espero poder compensarte tan magnifico regalo.
-Sigue mirándome así de atento, que me gusta mucho tu mirada.
Y prosiguió con sus delicados movimientos volteándose, dejándome seguir la delgada tira negra del elástico de su tanga. Y poder admirar el culo, tal cual salido de la obra del mejor de los escultores, esas nalgas redondas, de fina línea curvada.
Llegados a ese punto no pude más que decirle:
-Te comparé sin haberte visto con una joya, y ahora la joya toma forma. Y bien que lo sabes verdad?, Karla.
Ella simplemente sonrió y siguió ahora inclinando su cintura mostrando esa maravilla, ese culo de escándalo con ese tanga negro el cual se empezó a quitar. Yo ya no sabía ni donde estaba, si era el cielo o con aquello me ganaba el infierno, pero ni con los euromillones tendría tal suerte.
Acaricio sus piernas bajando aquella prenda vendita, que cubría esos labios carnosos rosados, ya no sabía donde mirar. Termino de deslizar aquella prenda, muriendo en sus pies, los cuales deslizo suavemente y dejo libre aquella maravillosa prenda, se incorporo y me dijo:
-Mi querido Fran esto es para ti, tu querida joya, espero que la sepas cuidar bien y disfrutes mucho con ella. Hoy hasta aquí mi querido camarero de los viernes.
Yo restaba quieto, inmóvil sin saber que decir o hacer, estaba claro que el maravilloso espectáculo había terminado. Acto seguido se volvió a subir la falda y se acerco a mi, y de una forma sublime con su tanga en las manos acaricio mi abultada entrepierna deseosa de reconocer cada ápice de aquella maravilla. Me dió un tímido piquito en los labios y con su mano me dejo disfrutar del aroma de aquella maravillosa prenda.
Recibí tras tanto tiempo imaginándola, mi deseado premio.
-No se que decir mi querida Karla.
-Tu mirada sobradamente me ha pagado, no me debes nada. Simplemente disfruta de este regalo que te hago.- En eso su cara se volvió picarona de nuevo y dijo.- Esto no lo había hecho nunca, pero para que tu lo sepas, entra en esta dirección y quizás me conozcas un poco más. WWW.BRAGASUSADAS.COM/REDKARLA Se que este será nuestro secreto y el inicio de una maravillosa amistad y puede que ….
Esas fueron sus últimas palabras, me acario de nuevo la cara y la entrepierna y salio del baño y del bar.
De lo que como disfrute toda la semana con su regalo, y de las ganas de volverla a ver, ya os podéis hacer una idea.
Pero queridos amigos lo que ocurrió el siguiente viernes, ya es otra historia..
Un saludo para tod@s.
MaakS
Concurso Relatos Eroticos “De O.S”
Ya sé que este premio no es el adecuado para tí”, me escribió Ama Karla
cuando, en respuesta a su ofrecimiento para participar en su concurso de
relatos, yo le había escrito “Si Usted me envía unas bragas sucias a mi casa
mi mujer en el lugar de arrearme con la fusta me va a dar con la olla en la
cabeza”. “No te preocupes por el regalo. Ya encontraré uno de tu agrado”,
fue su respuesta.
Escribí el relato titulado “la iniciación de la vainilla”. Gané. Gané no sin
cierta preocupación. Ganar un premio y no saber en que consiste es un tanto
desconcertante. Pasé días imaginándome cual sería mi premio. ¿Quizás
enviaría a Ama Karla una prenda de mi mujer, unos pantys por ejemplo, ella
los usaría un par de días y me los enviaría de vuelta a un apartado de
correos? Los guardaría en mi escritorio y quizás mi mujer los encontrara,
pero serían sus pantys y ella no se pondría a olisquearlos. Pasé días en los
que soñé con un encuentro con Ama Karla. En ese encuentro Ama Karla me daba
mi premio, me mandaba tumbar en el suelo boca arriba, se subía la falda y se
sentaba sobre mi cara emborrachándome de su aroma, me axfisiaba, se movía
para dejarme tomar aliento y yo aprovechaba para sacar la lengua intentando
lamer sus bragas usadas. Pasé días en que me despertaba de madrugada y me
masturbaba pensando en mi premio. Pasaron bastantes excitantes días.
Por fin tuve noticias de Ama Karla.
“Recogerás el premio en la Plaza San Hilario mártir, 23. 2º. Mañana a las 7
de la tarde. Cada minuto que llegues tarde será anotado.
Ama Karla”
Leí y releí 10 veces la única línea de su email. Busqué en un plano la
plaza de San Hilario mártir, el parking más cercano, si merecería la pena ir
en metro. Estaba contento de recibir el premio pero un poco decepcionado. Al
fin sólo iba a consistir recoger unas bragas usadas en el domicilio de otro
fetichista. Puse el reloj en hora.
A las 7 en punto estaba sonando el timbre de la segunda planta del 23 de la
Plaza de San Hilario mártir. Una mujer un poquito más alta que yo me abrió.
Esperaba encontrar un hombre. Esa posibilidad no la había contemplado y
quedé desarmado, sorprendido. ¿Me habría equivocado de dirección? No hubo
ningún saludo. Silencio total durante unos interminables segundos “¿Vienes a
buscar esto?”, me preguntó aquella mujer mostrándome algo envuelto en papel
de regalo de color negro, disipando mis dudas por un lado y dándome pie a
articular alguna palabra. “Sí”, respondí. Pero algo me impulsó a echarle
valor, a arriesgarme. “Señora”, añadí. La mujer sonrió, dando muestras de
entendimiento. No me había equivocado. Bajé la mirada e incliné un poco la
cabeza en pequeña muestra de sumisión, de tal forma que disimuladamente
puede fijarme con detalle en su cuerpo. El conjunto de su vestimenta se
podría definir como… severa. Sí, severa es la palabra, al igual que su
cara, que su peinado recogido en un moño. Las facciones eran un tanto
masculinas, rasgos quizás más marcados por la total ausencia de cualquier
maquillaje, joya o complemento. Todo en ella se podría definir como severo,
su postura también. Aquella mujer se mantenía inmóvil, tapando el hueco de
la puerta, con los pies juntos, la cabeza levemente alzada, su cintura de
avispa, caderas pronunciadas, pechos grandes. Los brazos los llevaba
desnudos, sin una sola pulsera, sin reloj, sin anillos. Una blusa blanca,
una falda larga y con una anchísima cintura ceñida hasta por debajo del
pecho, una medias negras que se dejaban ver sólo en sus pantorrillas, unos
sobrios zapatos negros sin tacón y mi regalo era todo lo que el cuerpo de
aquella severa mujer sostenía. El único adorno, si se le puede llamar así,
era el nacimiento de sus pechos que dejaba ver manteniendo los primeros
botones de su blusa desabrochados. Me gustó aquella mujer severa. La palabra
’severa’ cogió un especial significado para mí, pasó a formar parte de esas
palabras fetiches que a uno le estimulan sexualmente.
Alargué el brazo con ánimo de recibir mi regalo y ser despedido. “Entra”. Y
entré, y cerré la puerta tras de mí. Y seguí a aquella mujer severa por un
largo pasillo mirando cómo movía aquel gran culo suyo, maravillosamente
realzado por la falda ceñida. Y se situó en el centro de un gran sala, con
pocos y buenos muebles, y se dio la vuelta para, manteniendo de nuevo la
anterior postura severa, encontrarse con mi cara. Y yo, que ya tenía
experiencia, que no era un niño, que ya debía de haber sabido de qué iba la
cosa, fui torpe, estúpido, bobo. La miré a la cara con una bobalicona
sonrisa. “¡¡Plaf!!” Una rápida bofetada me la borró de inmediato. Eso por
haberme creído muy listo. Bajé la cara humillado y me precipité a pedir
perdón. Noté la oreja caliente. Su dedo índice empujó de mi barbilla para
arriba, alzó mi cabeza. Yo evité mirarla a la cara. “El otro fue para
ponerte en tu sitio. Este es parte del regalo de Ama Karla”, dijo con voz
neutra, sin emoción. Me concentré en mantener mi cara ínmovil, en reprimir
el instinto de apartarla. Recibí una segunda bofetada exactamente en el
mismo sitio que la anterior, tras lo cual bajé nuevamente la cabeza en señal
de sumisión a aquella severa mujer, pero también en señal de sumisión a Ama
Karla, pues la bofetada era de su parte. Me escrutó. “De modo que eres un
perro fisgón que te gusta andar olisqueando las entrepiernas”, comentó. “Si,
Señora”, asentí yo. Lo dijo como quien dice “Así, que te gusta el cine”. “¿Y
qué más te gusta? ¿Chupar? ¿Saborear?”, preguntó. “Sí, Señora”, respondí un
poco avergonzado. “¿Sorber?”, preguntó nuevamente. “También, Señora”,
asentí. “Vamos, que eres todo un guarro”, dijo. “Todo un perro guarro”,
puntualizó.
“Desnúdate”, dijo siguiendo con la misma entonación que hasta ahora,
totalmente neutra. Fue la primera orden que percibí como tal, y la cumplí de
inmediato. Mientras lo hacía, ella se aproximó a un mueble y rebuscó algo en
un cajón grandísimo. Se acercó a mí con unas esposas en la mano derecha. Mi
premio seguía colgando de su mano izquierda. Intenté ver si las esposas eran
de las que tienen un pequeño gatillo que al presionarlo se quitan o por el
contrario eran auténticas, de las que no podría librarme sin la llave. Eran
auténticas, pero yo ya estaba entregado. Tendí las manos hacia adelante.
“Date la vuelta”. Yo obedecí y me esposó las manos a la espalda. Sentí un
leve roce y el calor de sus pechos mientras me esposaba. Aproximó también su
vientre y yo extendí las palmas de mis manos, intentando sentirlo mejor. Su
mano derecha, ahora libre me agarró de la nuca guiando mi cabeza hasta que
estuve inclinado a su gusto. Me aplicó una breve, pero muy fuerte y sonora
tanda de azotes en mis gluteos. Me costaba no dar un paso hacia adelante
cuando su mano se estrellaba en mi culo. Aquella mujer severa sabía lo que
se hacía, sabía manejar los silencios, sabía manejar la voz, sabía usar el
sonido de mis propios azotes para llenar la estancia y sumergirme en un
estado de entrega y obediencia ciega. El calor de mi mejilla y oreja
izquierda ya había pasado. Ahora era un agradable calor en el culo y un leve
escozor el que mantenía mi atención. Aquella mujer severa se puso delante de
tal forma que mi cabeza inclinada quedara frente a sus pies. Oí cómo habría
el paquete, no pude ver cómo examinaba su contenido, pero por sus
movimientos me consta que lo hizo. Creo que lo aproximó a su cara, no sé si
para olerlo. Lo dejó caer entre sus pies, frente a mis ojos. “Toma tu
regalo”, dijo con la misma entonación. “Arrodíllate ante tu regalo. Toma lo
que tanto querías. Huélelo, chúpalo”.
Obedecí. Me arrodillé e incliné. Apoyé la frente en el suelo. Las esposas
hacían imposible realizar lo que aquella mujer me había ordenado y lo que yo
en ese momento ya tanto ansiaba. Algo mojado se posó en mis muslos, miré y
era un enorme hilo de líquido preseminal. Babeaba. Me tumbé en el suelo con
la cabeza entre sus pies y adoré mi regalo: unas braguitas azul clarito que
Ama Karen debía de haber usado al menos tres días. La zona más íntima de
aquella adorable prenda estaba visible, hacia arriba. Aquella mujer había
tenido la precaución de dejarlas caer así. Estaban bastante sucias. Una
serie de cercos en diferentes tonalidades amarillentas y ocres desprendían
su aroma. Un fuerte olor en el que se mezclaban el olor del sexo, del ano,
de los fluidos, de la orina de Ama Karen. Aspiré una y diez veces
ruidosamente, sin importarme estar a los pies de aquella otra mujer. Besé
aquellos cercos de suciedad primero de forma tímida y después
apasionadamente. Lamí, babeé, saboreé. El cerco de mi saliva se fundió con
el resto. Necesitaba algún contacto, alguna caricia, restregué mi miembro
contra el suelo. De repente reparé en aquellos sobrios zapatos y en los pies
enfundados en medias negras que a escasos centímetros parecían esperar. Me
arrastré hasta ellos y los besé. Lamí aquellos zapatos y me armé de valor
para seguir con los pies, que no se apartaron cuando sintieron mis labios
sobre el tejido de aquellas delicadas medias. Aquella severa mujer me dejó
hacer sin ejercer el más mínimo movimiento. Hice ademán de intentar ponerme
de rodillas, pero me lo impidió poniéndome un pie en la nuca. “Date la
vuelta” dijo. Y yo obedecí mirando hacia lo alto y por dentro de su falda.
La mujer se remangó la falda. Y se puso de cuclillas sobre mi cara y pude
ver que no llevaba otra ropa interior a parte de los pantys y mi visión
quedó cegada rápidamente por su culo. Olí y olí de nuevo, sucio también, y
lamí hasta que me harté. “Ahora te toca sorber”, dijo la severa mujer en el
mismo tono neutro que todo lo anterior, como si estuviera muy acostumbrada a
hacer lo que en aquel momento hacía. Un chorrito caliente se escapó por
entre la lycra de sus pantys.Seguí lamiendo aquel tejido mojado, calentito,
sabía salado, olía fuerte. La mujer dejó de contenerse y soltó todo con un
suspiro. Aguanté, me relajé, disfruté. Dejé que aquel río dorado me mojara
toda la cara y se introdujera en mi boca. Lo saboree y tragué y cuando ya no
había más, sorbí. Sorbí ruidosamente.
Tras permanecer así un rato largo, la mujer se incorporó, me ordenó darme la
vuelta, liberó mis manos. “Vístete, coge tu premio y vete”, dijo y
desapareció dejándome sólo en la sala. Mi miembro permanecía totalmente
erecto, tenía ganas de masturbarme allí mismo, pero me contuve e hice lo que
me dijo.
“Muchas gracias, Ama Karen. Ha sido el mejor premio de mi vida.
Siempre a sus pies,
su esclavo o”
Fue lo único que acerté a escribir en un email en cuanto llegué a casa.
Concurso Relatos Eroticos
e Gianni
Así es ella, fresca, húmeda, pura y olorosa,Karla, cuya ropa interior despierta mis sentidos y…”
Gianni alzó la vista del folio donde había garabateado estos 5 versos y decidió que como poeta era un fracaso.
Miró por la ventana, como siempre hacía desde 7 meses atrás, cuando aquellas chicas alquilaron el piso de enfrente.
El fetichismo. El fetichismo sexual. Según el diccionario de la RAE, en su tercera acepción, “desviación sexual que consiste en fijar alguna parte el cuerpo humano o alguna prenda relacionada con él como objeto de la excitación y el deseo”.
Rozó ligeramente con la punta de los dedos las braguitas de licra de color salmón que tenía a la izquierda de los folios mancillados con sus pobres versos.
Y un escalofrío le recorrió la espalda.
Mientras, Karla, justo en el piso de enfrente, al otro lado del patio de vecinos, sentía que ya estaba harta. Harta de no saber en qué tienda de lencería meterse para comprar ropa interior, porque en casi todas las del barrio ya la tildaban de loca. Harta de gastarse casi la cuarta parte de lo que le ingresaban sus padres todos los meses en el banco solo y exclusivamente en braguitas y sostenes. HARTA. Harta de llevar así más de 5 meses. Harta de husmear en los cajones de sus compañeras de piso con tal de encontrar alguna evidencia que le demostrara quién era la ladrona. Harta.
La semana anterior se había comprado 15 juegos de braguitas en unos grandes almacenes – estaban de oferta y había que aprovechar –y hasta una dependienta le había comentado en tono socarrón: “Perdona, bonita, pero estas no son de usar y tirar, eh?”.
Lo dicho, harta.
Suspiró. Entrecerrando los ojos le dio una última calada a su cigarrillo, lo aplastó con determinación en el cenicero y se dirigió a su habitación. Al fin y al cabo, la televisión no tenía nada bueno que ofrecer por las mañanas… y ella tenía que estudiar.
Su habitación, al contrario que las de sus compañeras de piso, daba a un patio interior, al igual que la cocina. Era un patio minúsculo, bastante incómodo, puesto que sus cuerdas de tender la ropa distaban a menos de un metro de las cuerdas de sus vecinos de enfrente. Precisamente donde vivía Gianni con su familia.
Karla jamás les había visto, pero sabía que era un matrimonio con dos hijos: una chavala de unos 12 años y un chico que Karla calculaba estaría también en la Universidad, y cuya habitación estaba justo enfrente de la suya. Todo esto lo sabía porque, a pesar de que no les había visto, podía oírles.
Sin embargo, por quien sentía más curiosidad era por el chico. Tenía muchas ganas de verle. En ocasiones le había vislumbrado por entre las cortinas de la ventana de su dormitorio, pero nunca le había visto bien, ni tan siquiera lo suficiente como para poder reconocerle en caso de encontrarse con él por la calle, en el portal, donde fuera.
Con todo, no pasaba de ser mera curiosidad. Ella estaba muy bien con su novio. En realidad, conocer a Gianni no estaba entre sus planes más inmediatos. A fin de cuentas, si había sido feliz desconociendo su existencia, también lo sería aún conociéndola. Solo era un chico más, sin importancia. ¿Qué podía interesarle de su vida? Además, ¿acaso él mismo se había interesado por ella en aquellos 7 meses en los que llevaban siendo vecinos? NO. Pues eso. Solo uno más.
Solo era el vecino de enfrente.
Lo que no sabía Karla era lo equivocada que estaba.
Justo en esos momentos, Gianni, desde su habitación y al otro lado del patio, volvió a mirar hacia la ventana y la vio. Estaba sentada a la mesa de su escritorio, a menos de 2,5 metros de él, pensativa… absorta en solo Dios sabe qué clase de ideas. Karla, tan lejos, tan cerca. Quizás pensando en el paradero de su ropa interior. Pobre chica. Y pensar que todo había empezado como un juego, como algo prohibido, robarle las bragas a la vecina, solo había sido una gracia, una broma. Una anécdota graciosa que contarles a los amigos cualquier noche de borrachera, conservar el trofeo, unas bragas, solo unas… pero que pronto se fueron multiplicando hasta convertirse en una variada colección, casi por ate de magia. El asunto se le había ido de las manos. Sintió un atisbo de culpabilidad. Estaba seguro de que le estaba haciendo gastar una fortuna en bragas, pero…aquello era mucho más fuerte que él. Y es que, desde hacía ya varios meses (tal vez 5, no recordaba bien), se las había ingeniado para robarle a Karla la ropa interior que tendía en las cuerdas el patio interior. Si se encaramaba lo suficiente desde la ventana del cuarto de su hermana, podía alcanzar las cuerdas de tender sin ningún problema, quitar las pinzas y llevarse su premio. Aunque lo que Gianni lamentaba era que fueran bragas y sostenes recién lavados, ya que hubiera dado lo que no estaba aún escrito por conseguir la ropa sucia y sin lavar de su vecina. Percibir sus olores más íntimos, poder llegar a sentir, con la yema de los dedos, una posible humedad en la zona de las braguitas que había estado en contacto con su sexo.
El sexo de Karla
No. Eso no le atraía tanto.
Pero su ropa interior…poseer la vieja ropa interior de Karla la más usada, sería el culmen. Una suciedad pura, un sabor fresco y húmedo, un oloroso placer. Fresca, húmeda, pura y olorosa Karla
Entonces Gianni se atrevió. Descorrió las cortinas y abrió de par en par su ventana, permitiendo que Karla, al otro lado el patio, percibiera el movimiento. Ella alcanzó a verle bien antes de que él se tumbara e espaldas y cuan largo era sobre la cama, desnudo de cintura para abajo y con unas de sus viejas bragas (las primeras que le robó), sobre su cara. Gianni se comenzó a masturbar pausadamente, sintiendo entre sus dientes el tejido de las braguitas, dejando que sus gemidos escaparan de su garganta, esperando, deseando que ella alcanzara a oírle, a verle…
Y Karla, a escasos metros, desde su ventana, pudo observar maravillada aquel espectáculo, casi sin atreverse a parpadear, temiendo que solo se tratara de un espejismo, y sin llegar a reconocer como suyas aquellas bragas color salmón que su vecino mordía mientras se masturbaba
Concurso Relatos Eroticos: de Montse
Me llamo Monse, 29 años, casada y recién estrenada como vendedora de bragas
usadas, manchadas por mi cuando follo, cuando imagino… pegadas al coño dos
días si son para un cliente. Mi vida sexual es bastante activa (ahora)
además me siento más sexy, mas viva y mucho mas gata que antes.
¿Os habéis preguntado como se mete a una tercera persona en tu cama, con tu
marido y tú disfrutando sin limitaciones ni falsedad? Hola, me llamo Karla y
te quiero conocer. –Joder Loor (pues así se hace llamar él) mira que dice
una tal RedKarla o algo así, lee.
Pasaron dos largos días acompañados del mejor y más sucio morbo que había
sentido, releíamos el mensaje, vendía alguna que otra braguilla y las cosas
marchaban por mi entrepierna.
-Al tercer día llegó un segundo correo de Karla, ésta vez más directo, mas
sensual también. Churretón en las bragas (así lo llamamos Loor y yo cuando
me mojo) nos quedamos en silencio, excitados, mirando la pantalla. El
pantalón de Loor comenzó a crecer, apunto de explotar – ¡Ya te vale so
cerdo, te pones más con ésta que conmigo! El polvo fue antológico.
Otro día y otro mensaje de ella. Alimentaba nuestra fantasía. Nos daba de
comer picardía, locura y libertad, esa mujer se metía entre nuestros sexos
participando de cada jadeo, de cada orgasmo. Me gusta, pensé, y Loor… que
quieres que te diga, creo que le creció la poya tres centímetros más, el muy
cochino. Me preguntaba cómo la imaginación de una persona podría escribir,
incluso imaginar algo como lo que contaba en sus escritos cada vez más
frecuentes. Nos hacia revisar jadeantes en el correo para descubrir su nueva
trampa, su sed incontenible de hacernos disfrutar de una cálida complicidad.
Así era ella, perfecta en el trato, acosadora dama y una cochina con
permiso.
Nunca he atado a nadie, claro que tampoco me lo han pedido. Loor observa,
analiza cada detalle de mi ser y sé que me conoce casi mejor que yo. No me
lo dice pero lo sabe. Sabe que amo a Karla, que deseo acariciar cada rincón
de su piel, quiero acariciarla, saborear lo que ya se que anhelo. Me limpié
y me metí en la cama , Loor dormía y la imaginación me hizo caer en un
profundo sueño.
En el la veía, felina fetiche de mi pasión, tan ella misma, mi puta y mi
amiga ensoñada. Loor y su pene enorme, siempre placentero pero dañino si
toca fondo. Sudando, nerviosa y deseante, como un delirio de Mandrágora pasó
la noche. Ahora éramos tres en la cama.